Me había prometido a mí misma no utilizar el blog como una herramienta de desahogo personal, o no hacer una personalización de todo lo que escribo, pero cierto es que el tema de la maternidad es tan prioritario en mi vida, como en la sociedad actual.

He leído artículos donde te explican lo que es ser o no ser una buena madre (me reservo mi opinión sobre lo que me produce la constante necesidad del mundo de opinar sobre un proceso que es genuino en cada una de nosotras las madres); sigo un blog dónde ser una “malamadre” no sólo es una opción sino que además está de moda (que me encanta porque está lleno de lo que, a mi entender, son verdades y realidades compartidas); he leído críticas ofensivas acerca del libro de Samanta Villar y su polémica frase “tener hijos es perder calidad de vida”; y muchos más acerca de la importancia de dar el pecho, el colecho, el método Estivill, y un largo etc. De todas estas lecturas, hubo una en la que identifiqué paralelismos con mi vida y mi maternidad, “La maternidad que cura, que rescata de la soledad”, de Olga Carmona para El País.

La maternidad y su poder terapéutico. Cuando empecé a abrir mi “caja de Pandora” en terapia (hace ya algunos años), me di cuenta que ser madre iba a ser más complicado para mí de lo que había imaginado…pues había empezado a darme cuenta de la cantidad de creencias heredadas que tenía…creencias que empezaban a no tener nada que ver conmigo, pero que eran implacables, pues se habían convertido en hábitos, reacciones de carácter…esas “cosas” que haces o dices sin saber por qué, pero que no eres consciente de haberlas dicho o hecho, hasta haberlas hecho. La constante pregunta de ¿por qué reacciono así, si es algo que detesto en los demás?

Gracias a la Terapia Gestalt, empecé a trabajar mis luces y mis sombras, y uno de mis propósitos, ha sido conocer esas sombras para poder prestarles atención y detectarlas a tiempo para no proyectarlas sobre mis futuros hijos. Entendí que era verdaderamente importante para mí poder curar el máximo de heridas posibles antes de la maternidad, para no pasarle a mi bebé mi estrés, mi impaciencia, mi intolerancia, mi excesiva auto-exigencia,…

Ahora soy madre de un bebé precioso, que llegó cuando tenía que llegar, estuviera preparada yo o no, con lo que había…no tuve tiempo de repasar antes del examen final. Es más, a veces tengo la sensación de estar en examen de forma constante; otras veces (la mayoría de ellas) la improvisación se convierte en un arte y siento haber estado preparada para esta aventura toda la vida.

Hoy puedo decir que, la maternidad me ha salvado de mí misma…o más bien de mi auto-boicoteo y mi soledad interior. tal y como dice el artículo, vivo de un modo distinto “…gracias a ese cable a tierra que ha supuesto un hijo…”.

La maternidad está siendo para mí una fuente de auto-conocimiento, de motivación, de crecimiento personal, de transformación, de cura y de superación (ya no hay límites dónde antes los había). He aprendido a reconocer a mi niña interior y a darle el lugar que le corresponde, reconociéndome al fin como MUJER, con toda la fuerza y el respeto que me merezco.

Mateo ha nacido con el don de conectarme con mi fuerza…me hace ser más valiente, más segura, más completa…ha orientado de nuevo el sentido de mi vida. Me confirma en mi condición de mujer, me enseña a poner límites dónde y a quién antes no ponía. Me empuja a crecer y a ser la mejor versión de mí misma…a tener rutinas, a cuidar mi cuerpo y sanar mi mente, a tener hábitos saludables…porque cuanto mejor esté yo, mejor podré acompañarle a él.

Y cito de nuevo el artículo “…Para este transformador desafío vital se precisa tomar conciencia de la oportunidad y decidir aprovecharla. Y ello implica la valentía de romper con patrones tóxicos heredados y reinventarse. Implica aceptar lo peor de nosotros mismos para que no se enquiste y reproduzca por generaciones. Implica apostar por un camino de crianza distinto al que tuvieron, criar sin referentes, a ciegas…”. Qué importante para mí es poder criar “a ciegas”, ofrecerle a mi hijo una educación nacida del amor de sus padres y hecha a medida…evitando al máximo esos patrones tóxicos que tantas horas de terapia he necesitado no para superar, pero si para entender. La Gestalt me ayudó a comprender que, mis padres, al igual que yo, tenían sus propios patrones tóxicos heredados, que no se trata de juzgar si lo hicieron mejor o peor…yo estoy orgullosa de la mujer que soy hoy…y eso, en parte, es gracias a ellos. No es que crea que puedo criar a mi hijo mejor de lo que ellos me criaron a mí…sólo que he decidido hacerlo de un modo distinto.

Con el nacimiento de Mateo, me di de frente con mis carencias. Tanto el embarazo como los primeros meses, fueron muy duros. No por él, sino por todo lo que necesité y no tuve…y no supe pedir. Intenté cubrirlas por mi misma, y me embarqué en un bucle de conformismo enfermizo, hasta que toqué fondo. Desde el suelo, enfrentándome a mis propios fantasmas, la maternidad me salvó de mi queja y mi lamento, y renací con más fuerza que nunca.

Decidí mirar de frente a mis sombras e iluminarlas, dejando que la maternidad me mostrara el camino de mi propia superación. Yo no lo hubiera podido expresar mejor que Olga Carmona cuando dice “…entonces descubren que la maternidad no embrutece ni relega, no es sacrificio ni dolor, no las condena a dejar de ser mujeres, ni limita su proyección social. La maternidad les agranda en su condición de mujeres, las expande y enriquece, las conecta con la vida como dadoras de ella que somos y las convierte en alguien esencial y para siempre en la vida de otro…”.

Así que sí, me considero una mujer valiente capaz de cambiar la calidad de la huella que dejaré impresa en mi hijo. La huella de mi madre vive en mí, y sólo desde el amor puedo sanar las heridas de mi infancia.

Podré leer millones de artículos, miles de libros y centenares de opiniones…lo esencial para mí es cómo decido vivir yo la maternidad…sin resignarme a ningún estereotipo. Hoy, aquí y ahora, más  “malamadre” que nunca.