Hace 14 meses que soy madre. Me quedé embarazada con 35 años. Con toda la información que tenemos hoy en día, asumí que por mi edad, por haber tomado la píldora durante años, era probable que tardara en quedarme embarazada.

Imaginaros mi sorpresa cuando una mañana de camino al trabajo empezó a darme asco el agua…(qué raro). Llegué con el estómago revuelto y la cabeza dándome vueltas…(no puede ser). A media mañana los síntomas eran tan claros que llamé a mi marido para que comprara una prueba de embarazo y salir al fin de dudas.

Nos vimos en casa, con el paquetito en frente, leímos el prospecto y obedientemente lo guardamos hasta la mañana siguiente (dicen que los resultados son más fiables). Mi marido es una marmota en lo que a sueño se refiere, así que ahí estaba yo a las 6 de la mañana, leyendo de nuevo las instrucciones y con un chisme en las manos que parecía poder decidir el nuevo destino de nuestras vidas.

Tienes que esperar un minuto…¿un minuto? tan sólo son 60 segundos, pero se me antojaban como dos horas. Pero no…automáticamente salió un positivo…dos palitos perfectos e intensos. Sinceramente, pensé que algo había hecho mal, así que compré dos chismes más para asegurarme ;D

A lo largo de todo el embarazo, tuve ganas de encontrarme de nuevo con todas aquellas mujeres que me dijeron lo bonito y maravilloso que era estar embarazada. Porque NO, no fue así para mí. Por supuesto que hubo momentos increíbles…pero ¿sabéis la típica falacia de los príncipes y las pelis de Disney? Pues más o menos vino a ser lo mismo en mi caso…demasiadas expectativas.

Mi tiroides se volvió loca.

Sólo podía calmar los mareos con olivas y pepinillos.

No podía hacer ejercicio ni pasear durante mucho tiempo por riesgo a tener contracciones, y a consecuencia de ello me pasaba horas y horas sola en casa…demasiado tiempo para pensar.

Pensar que no sentía la conexión con el bebé de la que tantas otras me habían hablado…hablarle y sentirme estúpida…cuando empiece a moverse será diferente me decían…si si, diferente fue.

Entonces empezó el insomnio (a Mateo le encantaba jugar a fútbol a media noche). Tengo que reconocer que algo cambió…ahora cuando le hablaba ya podía sentir que estaba allí dentro…creciendo conmigo. Le expliqué cómo era cada miembro de la que iba a ser su familia…pensé que sería mejor prevenirle 🙂

Cuando ya empezaba a encontrarme un poco mejor…apareció la diabetes gestacional.

Aquello me hundió…¿en serio? ¿diabetes ahora?

Pruebas de glucosa en las que tienes que beber un líquido “asqueroso” y sobretodo no vomitar, porque sino tienes que empezar de cero (no creo que hubiera sido capaz de comenzar de nuevo). Ahora tenía que pincharme el dedo 4 veces al día, y comer más sano de lo que había comido en mi vida.

Cuando ya se iba acercando el momento, las anginas invadieron mi cuerpo. ¿Habéis tenido anginas alguna vez? Pues imaginaros pasarlas con una panza de 4 kg y sin poder medicados más que con antitérmicos…las anginas más largas de mi vida.

Me dejaron exhausta. Yo no hacía más que repetirle a Mateo…”bebo, ni se te ocurra salir ahora que no sobrevivo”. Nunca he sentido mi cuerpo con menos energía que aquellos días. Lo positivo es que, también superamos aquello. En aquel momento, el vínculo entre Mateo y yo ya era tan intenso, que casi podía sentir su corazón sin necesitar una máquina para escucharlo…todo sufrimiento cobraba sentido.

La noche antes de acudir a la clínica, evidentemente no pegué ojo. Mañana ya estarás aquí, le decía a mi tripa. QUE MIEDO tenía. Miedo y ganas. Miedo y nostalgia. Miedo y más miedo. Miedo y AMOR…con toda la grandeza de sus letras.

Nos os voy a contar el parto, porque necesitaría dos tiradas de blog para poder describirlo, pero si os diré dos palabra…DURO y MARAVILLOSO.

Era cierto aquello que me explicaban que, una vez lo tienes entre tus brazos…el embarazo se asemeja como un cuento de hadas…incluso el parto. Se te olvida TODO lo malo…y se queda SÓLO lo bueno.

El post parto fue muy intenso, aterrador y MUY DURO. Había leído sobre la depresión post parto…y aún sin identificarme del todo en ella…estuve muy cerca…tanto como para poder mirarla a los ojos.

Lloras y no sabes por qué. Miraba a mi hijo y sentía una felicidad enorme y una tristeza enorme también. Estaba tan feliz de tenerlo entre mis brazos…y me sentía tan sola sin sentirlo dentro de mi. Una soledad tan profunda que me invadía el alma. Así que ahí estaba yo, entre lágrimas de felicidad y melancolía, pero entre lágrimas.

Y es entonces cuando te das cuenta de que ni los puntos de la cesárea, ni la cuarentena, ni los dolores de ovarios, ni el cansancio, ni la falta de energía…ni tan siquiera las lágrimas…pueden borrar la sonrisa de tus ojos cuando le miras…cuando te mira.

Porque todo por lo que pasamos nos convierte en súper heroínas con multitud de poderes.

Sí, en serio.

Cuando crees que ya no vas a poder más, aparece una recarga de energía que te da fuerzas para salir adelante.

Mateo se tomaba sus bibis para crecer…yo me inyectaba dosis de su magia que me daban fuerza como a Popeye sus espinacas.

Gané el poder de la paciencia, de la calma ante situaciones de estrés, el súper poder del sentido auditivo (escuchas corazón, respiración y gases aún cuando estás durmiendo), la capacidad de alerta y atención plena,…y un sinfín más que ya quisiera Xena la Princesa Guerrera.

Hoy mi bebo ya tiene 14 meses y…es lo mejor que me ha pasado en la vida. Y SÍ, volvería a quedarme embarazada. Pero no os voy a engañar…no todos los embarazos son caminos de rosas…pueden ser pesados, agotadores y llenos de altibajos y soledad. Si me preguntaseis ¿valió la PENA? Sí…MUCHO. ¿Fue duro? Sí…MUCHO también.

Lo importante es saber que no estáis solas…compartir ayuda a digerir y vivir las cosas de un modo distinto. Buscar apoyo en otras embarazadas que estén pasando lo mismo que vosotras…porque el apoyo de la pareja, la familia y las amistades, es imprescindible…pero si no están en vuestra misma situación, es más difícil que puedan comprender lo que estáis viviendo en su totalidad y complejidad. Compartir, a veces, es la clave para no mirar al “lobo” tan de cerca, o al menos, ayuda a mantenerlo a raya 😉

¿Estás embarazada, o lo has estado, y te apetece compartir tu experiencia? Me encantará leer tu historia 🙂